El error sería no intentarlo

No dejo de mirar el papel que tengo delante. Es azul. De 13×07 cm en el que pone en grande 20. Un billete de 20€. Pero al fin y al cabo, es un papel, que se puede romper en un segundo como otro cualquiera y dejará de tener su valor. Pero, ¿desde cuándo tiene ese valor? ¿Desde cuándo un simple papel con un número puede diferenciarte entre ser rico o ser pobre? ¿Por qué es distinto y te sientes distinto cuando tienes ese mismo papel con el número 20 y cuando tienes el mismo papel con el número 100? ¿Qué ha cambiado? Es sólo un papel. Y lo peor de todo, vivimos, trabajamos y nos dedicamos la mayor parte de nuestra vida a conseguir más de esos papeles.

No dejo de pensar en lo que estoy haciendo con mi vida. En lo que he hecho hasta ahora y en lo que haré después. Y tengo miedo. Miedo de pensar en que me puedo convertir en el futuro en una de esas personas que quieren, por encima de todo, estar llena de esos papeles con números. En pasar la mayor parte de mis días en una oficina, encerrada, haciendo lo que sea y aguantando a quien sea para ganar más y más billetes. Y convertirme en una persona más del montón. En ser esclava de la sociedad y trabajar para llegar a fin de mes y poder pagar mi pequeño piso e intentar llevar una vida digna. En definitiva, en sobrevivir, no en vivir. No confundamos ambos términos.

No dejo de pensar en lo que me dije a mí misma con 15 años, y más tarde a los 18, cuando tenía que elegir una carrera. ¿Qué quería estudiar? ¿Quién quería ser en el futuro? ¿De cuánto tiempo disponía para ser esa persona? ¿Sería la decisión correcta elegir Filosofía o Historia del Arte en vez de una carrera de empresariales? ¿Qué importa más, hacer algo que me gusta y me apasiona y tener un futuro incierto o hacer algo que me dé un futuro algo más seguro? “Bueno, siempre puedo estudiar una carrera de empresariales y una vez que la termine, estudiar algo que me gusta” me dije. Y me encuentro a mí misma diciéndome eso mismo cada día desde entonces. Y sigo sin convencerme.

“El éxito profesional es un invento del siglo XX y yo no quiero eso”

Fue el mayor error de mi vida. O, al menos, ahora lo veo así. Puede que quizá dentro de 10 años esa carrera de empresariales me dé el trabajo que quizá con Filosofía o Historia del Arte no me hubiese dado, pero hoy, ahora, tiempo presente, me arrepiento. Siempre que hablo de esto con alguien me preguntan “¿Y qué carreras querías estudiar?” y siempre les contesto “Todas aquellas que te llevan directamente al paro”, aunque, en realidad, no pienso eso. John Green, uno de mis escritores favoritos, en un vídeo explicó que sí vale la pena ir a la universidad. ¿Para qué sirve en realidad la universidad? Y, como resumen, saqué en conclusión dos cosas: desarrollo personal (descubrir qué te gusta, qué no te gusta, cómo puedes conseguir tu felicidad, cuáles son tus metas y tus objetivos en la vida, descubrir cuál es tu perspectiva del mundo y de la vida) y un posible trabajo. Recuerdo perfectamente el día en que tuve que rellenar mi solicitud a la Universidad y tener que poner mi lista de posibles carreras a estudiar. Cogí un papel y elaboré dos listas: la de desarrollo personal, en la que puse todas aquellas carreras de Humanidades que os podéis imaginar, y la de trabajo, donde puse todas aquellas carreras de Ciencias Sociales y Empresariales que hasta hoy conocemos. Adivinad cuál de esas dos listas envíe. Me pudo el miedo. El miedo al futuro incierto. Me traicioné. Me pudo la presión de la gente a mi alrededor. Recordaba aquella película en la que decían que no tenemos porqué seguir al resto del mundo, que podemos crear nuestro propio camino y ser felices. Supe que había cometido el mayor error de mi vida cuando llegó un correo en el que decía que me habían aceptado en una de las carreras de empresariales y me eché a llorar. No porque no me gustase esa carrera. Me di cuenta en que no me gustaba ninguna de aquella lista y en lo que me podía convertir en si terminaba aquella carrera. Han pasado 4 años y sigo pensando lo mismo. Siento que voy con la corriente y no contra corriente como siempre quise.

Aunque no ha terminado todo. Aún no he terminado la carrera y ya estoy deseando terminarla para hacer algo que me gusta. Una carrera que me aporte algo personalmente. Una carrera que me vuelva a hacer creer en el ser humano, en todo lo que ha creado y construído y todo lo que nos queda por construir. En la belleza de la vida.  Algo que me demuestre que la vida es algo más que trabajar para conseguir dinero. Que existe algo más. Que existe una vida distinta. Que puedes trabajar, sí, pero porque te apasiona en lo que trabajas, que te aporta algo a tu día a día. Un trabajo que no consideres trabajo. Imagen

Espero que mi yo futuro cumpla lo que mi yo de 18 años me está gritando ahora mismo. “Termina la carrera” me dice “pero no te quedes ahí, me lo prometiste”.

Todos queremos hacer algo distinto con nuestra vida. Ir en contra del status quo. Unos lo consiguen, a base de esfuerzo, paciencia y constancia. Otros no. No sé en cuál de esos dos grupos estaré. Pero con estar en medio, me vale. Aunque bueno, queda mucha vida por delante, ¿no? Nunca es tarde para volver a empezar y a hacer algo que en realidad te gusta y con lo que has soñado desde siempre, ¿verdad?

“He vivido muchas cosas, y creo que ahora sé lo que se necesita para ser feliz: una vida tranquila y alejada en el campo, con la posibilidad de ser útil a otras personas con las que resulta fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que las ayuden. Quizás, un trabajo que sea de algún provecho, y luego descansar, la naturaleza, libros, musica, el amor al prójimo. Esa es mi idea de la felicidad. Y para culminar todo lo anterior, que usted fuera mía y que tuvieramos hijos tal vez. ¿Que más puede desear el corazón de un hombre?

Me quedo con lo que me dijo un buen amigo una vez: el error sería no intentarlo.

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Vivir el presente para tener un futuro

Siempre hemos escuchado o nos han dicho esa famosa frase de “Nadie te está obligando”, pero la pregunta es: ¿De verdad que no me estás obligando?

Se habla mucho en los medios de comunicación y en las leyes de la Libertad. Pero, ¿qué es la libertad? ¿A qué libertad nos estamos refiriendo? ¿Libertad de pensamiento? ¿Libertad de acción? ¿Qué es la libertad? Y, por el lado contrario, ¿qué es la esclavitud?

A lo largo de los años, desde que nos empezamos a comunicar mediante señales de humo a comunicarnos a través de mensajes de texto, el ser humano ha ido sufriendo, entre unas desgracias y otras, una serie de cambios. Y con ello, han cambiado las definiciones de “libertad” y de “esclavitud”. Si le preguntases ahora mismo a alguien por la calle “¿Qué es la esclavitud?” la respuesta más similar podría ser la de “Trabajar para otros” o, alguna respuesta más sencilla y obvia, “No tener libertad”. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero ¿y si ahora te digo que tú, que estás leyendo esto, eres un esclavo? ¿Qué me contestarías? ¿Qué no? ¿Qué no trabajas para nadie, que nadie te controla y que tú eres dueño de tu propia vida? ¿O me dirías que sí porque te has dado cuenta como lo he hecho yo?

Puede que el término de “esclavitud” no sea el más apropiado, aproximado, ni similar al tipo de “esclavitud” que podemos encontrar en algunos países en desarrollo. No hay color. Pero, que no os engañen; en los países desarrollados hay esclavitud. Puede que los trabajos forzosos o la falta de libertad personal, como se da en los países en desarrollo, no sean las definiciones o ejemplos predominantes en los países desarrollados. En éstos se da un tipo de esclavitud totalmente diferente aunque no muy alejada a la verdadera esclavitud.

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No somos libres.

Leí en un libro, hace ya algunos años y que a día de hoy le sigo dando muchas vueltas, en el que se hablaba del futuro. O más bien del “ahora”. En una de las conversaciones entre los dos personajes principales de este libro, uno de ellos se da cuenta de que no somos libres. Que lo que hacemos ahora, tiene una consecuencia en el futuro, nuestro futuro y que somos inducidos a tomar ciertas decisiones para asegurarnos ese futuro.

¿Sabías que para casi toda la historia de la especie humana, el promedio de vida era de menos de treinta años? Podías contar con 10 años de vida adulta ¿verdad? No había ninguna planificación para la jubilación. No hubo ninguna planificación para una carrera. No había ninguna planificación. No había tiempo para planificar cosas. No había tiempo para un futuro. Pero entonces los ciclos de vida empezaron a cambiar y cada vez vivíamos más, y la gente empezó a tener más y más futuro. Y ahora la vida se ha convertido en el futuro. Cada momento de tu vida lo vives para el futuro: ir a la escuela para que poder ir a la universidad para poder tener un buen trabajo para poder tener una buena casa para poder darse el lujo de enviar a tus hijos a la universidad para que puedan conseguir un buen trabajo para que puedan tener una buena casa para que puedan darse el lujo de enviar a sus hijos a la universidad.”

En parte, somos libres. Pero no tenemos dónde elegir. Desde pequeños nos inducen a la idea de qué hay que hacer para tener éxito en la vida. Las normas a seguir. Los pasos a seguir en una vida que, a lo mejor, no queremos.

¿Por qué nos educamos? ¿Por qué estudiamos Historia si seguimos cometiendo los mismos errores, o vamos camino de ellos, en el presente? ¿Por qué estudiamos Matemáticas? ¿Por qué estudiamos determinadas asignaturas?¿Por qué hay que ir a la Universidad? ¿Desde cuándo ir a la Universidad está mejor visto y es más prestigioso que aquel que quiera seguir trabajando en la finca de su casa? ¿O en la construcción? ¿O de aquel que quiere dejar los estudios y quiere ver mundo? ¿Por qué el éxito profesional se basa en la cantidad de dinero que ganes? ¿Por qué el éxito social se basa en el número de amigos que (crees) que tienes? ¿Por qué se dice que el dinero da la felicidad?

Vivimos en un mundo del que somos esclavos sin saberlo. Y sabes que eres uno de ellos cuando has pensado, al menos una vez, en dejarlo todo, coger una mochila y escapar.

Pero sólo los más valientes cogen esa mochila.

Sólo los más valientes son libres.